¡Oh, que esta sólida, demasiado sólida carne pudiera derretirse, deshacerse y disolverse en rocío! Oh Dios, qué fastidiosas, rancias, vanas e inútiles me parecen las prácticas todas de este mundo. Vergüenza de ello, es un jardín de malas hierbas sin escardar, que crece para semilla, productos de naturaleza grosera y amarga lo ocupan continuamente... ¡Rómpete corazón! Aun antes que la sal de las pérfidas lágrimas abandonara el flujo de mis irritados ojos.
Descubierta la cabeza, pálido, chocando una con otra las rodillas y con tan doliente expresión en el semblante como si hubiera escapado del infierno para contar horrores. Exhaló un suspiro tan profundo y doloroso que parecía deshacérsele en pedazos todo su ser y haber llegado al fin de su existencia. Con la cabeza vuelta atrás parecía hallar su camino sin valerse de los ojos, y hasta el último instante tuvo su lumbre fija ahí.
Y ahora, mientras vivo aquí, siempre ando y ando, y pienso y pienso y siento desvanecerse cada día las fuerzas. Lo principal no es la gloria, ni el brillo, todo eso con lo que yo soñaba, sino el saber soportar, y cuando pienso en mi vocación no temo a la vida. ¡Ah, soy yo! Mi espíritu está trastornado, no sé dónde me encuentro ni quién soy, ni lo que hago. A mí, comisario, alguaciles, prebostes, jueces, tormentos, horcas y verdugos... Quiero colgar a todo el mundo, y si no me encuentro a mí, me ahorcaré yo después...